FotoBiólogo - Felipe Toledo
Un encuentro esperado con el Cóndor Andino en la Patagonia
Hay aves que uno sueña con ver desde niño. Para quienes amamos la naturaleza, el cóndor andino es una de ellas: el ave voladora terrestre más grande del mundo, un emblema de nuestra cordillera y de la historia de tantos países de la región. Poder compartir espacio con él, aunque sea por unos minutos, es un verdadero privilegio.
Aprovechando que estaba en Puerto Natales después de hacer el circuito del Macizo Paine, quise intentar por segunda vez subir al Cerro Benítez.
Para los que no tengan la fortuna de conocer el Cerro Benitez, es un cerro distante a 20 minutos de Puerto Natales, a un costado de la hermosa Laguna Sofia. Tiene un trekking de más o menos una hora de subida constante hacia su cima, que, si bien no es larga, ni técnica, tiene su grado de exigencia física por la pendiente.
Para agregarle un poquito de dificultad (innecesaria), cargue mi trípode de video colina arriba. El año anterior ya lo había intentado sin éxito, este año tenía algo más de esperanza.
El día estaba bastante frío y con mucho viento, ese viento helado de la Patagonia que cala los huesos.
Arriba tocó esperar más de una hora, tiritando un poco y dudando si valía la pena seguir ahí o si era mejor bajar a tomar algo caliente para no terminar resfriado (cosa que al final igual pasó, pero valió totalmente la pena). A diferencia de otras veces en que la gente ve muchos cóndores juntos, el día estaba tranquilo y las aves se hacían esperar.
El trípode terminó siendo el gran héroe de la jornada, porque con las ráfagas de viento habría sido imposible mantener la cámara firme.

Y de pronto, aparecieron.
Primero tuve la suerte de que uno de ellos vino a vernos personalmente. Se mantuvo estático en el aire, volando sobre nuestras cabezas. Es realmente impresionante verlos, uno sabe que son verdaderos maestros del aire y de un gran tamaño, pero verlos de cerca es otra experiencia, tienen una presencia que impone.
Después fueron apareciendo otros ejemplares, que aprovechando las corrientes de aire, volaban alrededor del cerro, lo que me permitió registrarlos desde distintos ángulos y con hermosos fondos.

Finalmente y para coronar la jornada, uno macho adulto se percho cerca de nuestra ubicación en un buen ángulo para fotografiarlo. Poder observar de cerca los detalles de su cabeza, las texturas de su piel y ese plumaje blanco impecable en el cuello te deja en silencio. Poco después, verlo desplegar sus alas gigantescas y planear sobre el paisaje, aprovechando el viento casi sin mover una sola ala, es una sensación de tranquilidad y asombro muy difícil de explicar.
Definitivamente uno de esos días redondos como biólogo, fotógrafo y mas profundamente como una persona enamorada de la naturaleza.
Al final, más allá del frío o del peso de la mochila, me quedo con la alegría de haber estado ahí, de haber tenido la paciencia de esperar y de llevarme el recuerdo del gigante de los Andes.
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